Un lojano en Guayaquil

Nací en 1980 en Macará, una pequeña ciudad ubicada en la frontera de la patria con el Perú, a 400 kilómetros de Guayaquil. Allí empecé mis estudios a los 4 años en una escuela Marista, de una congregación de hermanos católicos creada por el sacerdote francés Marcelino Champagnat.

A los 12 años mi madre decidió que debíamos mudarnos a una ciudad más grande, donde pudiéramos tener las oportunidades que un pueblo como el nuestro no nos ofrecía.

Fue así como arribamos a Guayaquil en 1992, entre miedo y preocupación por lo que nos depararía el destino en esa ciudad, que para nosotros era una enorme selva de concreto y asfalto. Y fue el Colegio San Agustín, el que escogió mi madre para que continuaremos nuestros estudios, una comunidad educativa en el centro de Guayaquil.

La adaptación no fue fácil, en parte por las diferencias de costumbres y de lenguaje. Casi de inmediato hubo quienes me integraron a la comunidad y me ofrecieron su amistad franca y sincera. Siempre he admirado de los guayaquileños su capacidad para decir las cosas de frente, hábito que aprendí y conservo con mucho celo. Huelga decir que el regionalismo también tuvo su espacio en ese proceso de adaptación. Frases como “serrano”, “come mote” o “longo” fueron la tónica los primeros años. Entre mis recuerdos de aquellos años también está la figura del rector, quien todos los lunes nos hacía orar y nos sermoneaba por las travesuras propias de nuestra edad. Con sus matices, fue una buena época, nos formaron bien y en un ambiente de sana camaradería. Ahora formo parte del servicio exterior ecuatoriano, soy diplomático de carrera. No puedo sino reírme de los conflictos que uno se forma por cosas tan triviales como el lugar de origen. Luego de haber recorrido decenas de países he comprendido que el mundo es un pañuelo, y que lo importante no es de dónde eres sino lo que eres. Es importante que la comunidad Agustina trabaje para que las diferencias nos unan. La diversidad significa riqueza de visiones, y de formas de afrontar la vida. Una comunidad cristiana necesita poder reconocer las diferencias y construir en base a valores como el respeto mutuo.

Pero debo agradecer profundamente al Colegio San Agustín por haberme dado la oportunidad de crecer a nivel académico y personal. Y por permitirme decir que también soy parte de la comunidad Agustina, con la que me siento plenamente identificado.

Redactado por:  Ramiro Hidalgo  – Diplomático en la embajada del Ecuador en México.

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